Opinión

Fascismo renovado… fantasma que recorre el mundo

José María González Lara.- Históricamente occidente nunca ha visto a Rusia como un posible aliado, más bien como contrapoder que es necesario eliminar o reducirlo a su mínima expresión. El objetivo occidental en la segunda guerra mundial era la derrota del ejército comunista de la Unión Soviética a manos de los invasores nazis, para que Alemania liberara Polonia y su imperio se extendiera hasta Eurasia, pero la historia cambió con el sacrificio del pueblo soviético y la entrada triunfal del ejército Rojo a Berlín el 8 de mayo de 1945.

Pasaron más de 45 años de bipolaridad mundial y guerra fría, para que en 1991 Estados Unidos celebrara “el fin de la historia” con la caída de la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas e instrumentara estrategias de mercado para minimizar a la Federación Rusa, como la liquidación de todas las empresas del Estado -previa asesoría del Fondo Monetario Internacional- a precios muy inferiores de su valor real, tiempo donde nace la nueva oligarquía rusa manchada de corrupción.

Pero hizo su aparición el exagente de la KGB (agencia soviética de inteligencia) Vladimir Putin (presidente de 1999-2008 y de 2012 a la fecha), cuyos objetivos geopolíticos y geoeconómicos son reposicionar a Rusia como una potencia política, económica y militar. Occidente ha tratado de contener la zona de influencia del nuevo Zar y ha afiliado 14 países exsocialistas de Europa oriental al acuerdo militar de la Organización Tratado del Atlántico Norte (OTAN, ahora con 30 países).

Ucrania sólo es una pieza más para detener el avance de Rusia y su alianza estratégica con China, que pretenden extender su mutua influencia económica con la “nueva ruta de la seda”, desde Eurasia, pasando por medio oriente, hasta internarse a toda África.

El presidente Ruso argumenta que en 2014 el presidente proruso Alexander Lukashenko de Ucrania fue depuesto por un golpe de Estado (documentado, el gobierno estadounidense invirtió 5,000 millones de dólares en este objetivo), lo que provocó el intento independentista de las repúblicas orientales ruso parlantes de Donetsk y Lugansk, y los posteriores acuerdos de Minsk de 2014 (testigos Alemania, Francia y Rusia), para detener enfrentamientos armados, pero sin respetar lo acordado el gobierno ucraniano abastece a paramilitares pandillas neonazis -como el temible batallón Asov-, quienes en ocho años han masacrado población civil y fuerzas separatistas, con más de 14 mil muertos en ocho años, 70% civiles indefensos (lo que no informan los medios occidentales); por eso el reconocimiento ruso a la independencia de estas dos repúblicas de la región del Donbass y la “operación militar especial” para “desnazificar” Ucrania.

s El Batallón Azov, grupo paramilitar neonazi, la fuerza detrás de Zelensky.

La reciente invasión es el pretexto y la justificación que esperaba occidente para colocar bases militares -y hasta armas nucleares- en la frontera del país eslavo, para “hacer cenizas” la economía rusa con las pesadas sanciones operadas desde el primer día de la invasión, así colapsar al país e invertir miles de millones de dólares en el derrocamiento de Putin, para posicionar un gobierno títere. El presidente Joe Biden aseguró que, si dichas sanciones no resultan, lo que sigue “es la tercera guerra mundial” (y la CNN cínicamente organiza una mesa para analizar ¡la salud mental de Putin!, además de distorsionar la información para victimizar al nazismo ucranio, como muchos medios globales).

Por eso, un fascismo renovado se observa en occidente, con engañosas posiciones de democracia representativa, pero fomentando racismo y fobias hacia las culturas rusa y china, hacia la migración y el islam, hacia Palestina, entre otros. Inclusive Suiza y Finlandia han renunciado a su tradicional neutralidad para tomar partido contra Rusia; en un viraje histórico, Alemania -con la carga histórica del criminal Cuarto Reich y gasto militar en más de 2% de su PIB- ahora produce y vende armamento pesado, envía pertrechos a Ucrania y se adscribe a aniquilar económicamente a Rusia.

En los ámbitos deportivo y cultural se “desgarran las vestiduras”, cuando nada expresaron sobre los represores gobiernos militares en América Latina apoyados por Estados Unidos, los 60 años de embargo económico a Cuba y el actual bloqueo a Venezuela, el bombardeo a Serbia por la OTAN en 1999, los recientes ataques a Yemen, la permanente represión israelí en los campos de concentración palestinos de Gaza y Cisjordania, y muchas más atrocidades cometidas del “mundo desarrollado”.

Los efectos negativos en la economía mundial ya son visibles y la inflación global incrementará aún más en energéticos -precio del petróleo por arriba de 110 dólares por barril -encareciendo diésel y gasolinas-, componentes y alimentos -elevados costos de fertilizantes derivados del gas-; el gas ruso se distribuye en más de 50% por gasoductos ramales en Europa oriental y el gas licuado de Norteamérica no podrá abastecer ese volumen. Las sanciones económicas, incluido la salida de los bancos rusos del sistema Swift de intercambio de monedas, podría ser contraproducente para todo el mundo.

Kiev sólo es una pieza del ajedrez norteamericano, el presidente comediante Volodímir Zelensky obedece instrucciones para extender las hostilidades. El resultado de esta guerra definirá el mundo de las siguientes décadas. La transición al mundo multipolar no has sido ni será fácil. Aún con el neofascismo en marcha, en la globalización ningún imperio podrá detener el proceso de transformación mundial. Contra algunos comentócratas que lo afirman, no es de imbéciles comprender las razones del conflicto.

Editor

Medio independiente de noticias relacionadas con la Cuarta Transformación de México.

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