Opinión

Palestina será libre

Por Sai Englert

La magnitud de la muerte y de la destrucción perpetradas en Gaza desde el pasado 7 de octubre es imposible de expresar adecuadamente por escrito y, sin embargo, no se puede escribir sobre Gaza sin repetir los hechos terroríficos allí acaecidos durante estas semanas.

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Más de 11.000 personas han muerto. Familias enteras han sido aniquiladas. Escuelas, universidades y hospitales, iglesias y mezquitas, carreteras supuestamente seguras, el paso a Egipto y al menos el 42 por 100 de las viviendas de la franja han sido bombardeados. 1,4 millones de personas han sido desplazadas. El castigo colectivo impuesto por Israel a los palestinos de Gaza es calculado, metódico y repetidamente declarado como política oficial por las autoridades israelíes. Cientos de especialistas han advertido de que las acciones de Israel equivalen a un genocidio.

El actual despliegue de violencia tampoco se limita a Gaza. Los palestinos de Jerusalén y Cisjordania son el blanco de una creciente ola de violencia perpetrada por el ejército israelí y por los colonos. El campo de refugiados de Nur Shams, ubicado en Tulkarem, ha sido bombardeado en repetidas ocasiones, mientras que los colonos efectúan ataques a lo largo de Cisjordania. Y todo ello en el tramo final de un año en el que se ha registrado el mayor número de muertes de palestinos en Cisjordania en mucho tiempo. Estos ataques son alentados, además, por el gobierno israelí, que ha distribuido más de 10.000 armas de fuego entre sus colonos. Más de 100.000 israelíes han presentado solicitudes de licencia de armas. La semana pasada, un funcionario de Hamás en Cisjordania fue torturado hasta la muerte por sus carceleros israelíes.

En medio del horror, el tono de los principales medios de comunicación tanto en Europa como en Norteamérica resulta realmente increíble. Los periodistas de los principales medios de comunicación y las autoridades de los distintos Estados continúan reproduciendo y multiplicando la cobertura de todas y cada una de las afirmaciones israelíes no verificada en un intento (infructuoso) de ganarse el apoyo popular para sus crímenes. Todos los días, los locutores informan del creciente número de muertos con la misma empatía o detalle que si se tratase un parte meteorológico y sin poner de relieve que la población palestina está siendo asesinada y que no muere sin más.

Estados Unidos ha enviado municiones, tropas y dos portaaviones. Gran Bretaña ha enviado buques de guerra y aviones de vigilancia. Los Países Bajos y Alemania han estacionado tropas en Chipre. El mensaje es claro: nuestros gobernantes no sólo están dispuestos a permitir que Israel siga adelante, sino que lo protegerán mientras lo hace. La lista de personas que deberían ser arrastradas al Tribunal Penal Internacional de La Haya crece día a día.

El apoyo de nuestros gobiernos es de esperar. El sionismo, y después el Estado israelí, han sido apoyados y financiados durante más de un siglo por las potencias europeas y por Estados Unidos. El «pequeño Ulster judío leal en un mar de arabismo hostil», dicho con las palabras de Sir Ronald Storss, gobernador militar británico de Palestina entre 1920 y 1926, desempeñó un papel crucial a la hora de doblegar a los movimientos anticoloniales de toda la región, al tiempo que defendía las rutas comerciales clave entre Asia, África y Europa. A día de hoy, el canal de Suez sigue siendo una de las vías más importantes del comercio mundial y los intereses occidentales en la región continúan imponiéndose en contra de la voluntad de sus poblaciones. Un aliado militar leal en la zona es un bien de incalculable valor con independencia de cuales sean las consecuencias de todo ello pare el pueblo palestino.


Los gobiernos occidentales no sólo han expresado su apoyo inquebrantable a Israel en medio del actual despliegue de violencia genocida, sino que han emprendido una agresiva campaña contra cualquier expresión de solidaridad con el pueblo palestino. Su aliado debe ser protegido, si quieren que sus intereses lo sean. Esto se ha traducido en un ataque en toda regla contra el movimiento de solidaridad con Palestina. El ministro holandés de Justicia y Seguridad, Dilan Yeşilgöz-Zegerius, ha afirmado que exponer el contexto histórico del ataque del 7 de octubre perpetrado contra Israel es «moralmente reprobable», mientras que el primer ministro Rutte calificó de «falta de respeto» tomarse al pie de la letra los anuncios de Israel de que procedía a cortar el suministro de alimentos y de agua a Gaza. Francia prohibió todas las manifestaciones de solidaridad con Palestina, pero el gobierno francés se ha visto obligado a dar marcha atrás ante las movilizaciones masivas registradas en todo el país. Berlín siguió su ejemplo y el Estado alemán ha llegado a criminalizar los kufiyas en las escuelas y a prohibir las banderas palestinas. En Gran Bretaña se han planteado ideas similares, que han sido desafiadas eficazmente, sin embargo, por las enormes manifestaciones celebradas semana tras semana tanto en Londres como en el resto del país.

Antes de esta última oleada, FranciaAlemaniaGran Bretaña y Estados Unidos ya se habían movilizado para equiparar el antisionismo y la solidaridad con Palestina con el antisemitismo, al tiempo que intentaban ilegalizar el movimiento palestino Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS). El gobierno británico sigue intentando prohibir a los gobiernos locales que apliquen su propias políticas de boicot, a pesar de varios intentos fallidos anteriores. Al mismo tiempo, los defensores de Israel han presionado para que se equipare la enunciación de hechos básicos de cualquier tipo relativos a determinados comportamientos de Israel con el antisemitismo gracias a la puesta en circulación e imposición de la definición operativa de este acuñada por la International Holocaust Remembrance Alliance (IHRA). La IHRA acusa de antisemitas a quienes definen la creación de Israel como una empresa racista o rechazan la idea de que Israel sea una democracia liberal. Sin embargo, es difícil saber de qué otro modo podría describirse a un Estado que se fundó mediante la limpieza étnica de más de 700.000 palestinos y palestinas, que sigue negando el derecho de aproximadamente 7 millones de refugiados a regresar a sus hogares, que tiene en vigor más de sesenta y cinco leyes dirigidas específicamente contra la población palestina, que mantiene a 3 millones de palestinos en Cisjordania bajo dominio militar y enjaulados a otros 2,3 millones en Gaza, al tiempo que limita sus suministros de alimentos, medicinas y materiales de construcción y los somete regularmente a devastadores ataques militares. Se trata de un régimen racista, antidemocrático y que practica el apartheid.

En medio del ruido general de la represión, ha surgido un estribillo particular. El canto, tan omnipresente en las manifestaciones de solidaridad, «Del río hasta el mar, Palestina será libre» [En español se canta: “Desde el río hasta el mar, Palestina vencerá”] está siendo objeto de criminalización. En opinión de Suella Braverman (entre otros muchos políticos de derecha), el canto es antisemita y pide la aniquilación de los israelíes y en consecuencia debería ser perseguido por la policía e incluso prohibido por el Estado. Braverman y el Reino Unido no están solos. En los Países Bajos, el Parlamento votó a favor de condenar el canto, tras un debate en el que se cortó el micrófono a la diputada de izquierda Sylvana Simmons por repetir el eslogan que se estaba debatiendo. El argumento es extraordinario. Mientras Israel, que de hecho gobierna sobre Palestina y los palestinos desde el río hasta el mar, bombardea masiva e indiscriminadamente a más de dos millones de personas atrapadas tras las alambradas de un campo de reclusión, mientras les corta el suministro de agua, alimentos y combustible, son los cantos de libertad de sus víctimas los que son considerados como un llamamiento al asesinato en masa.

La realidad, por supuesto, es diferente. El canto se hace eco de un eslogan de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), que se remonta a la década de 1960, a veces también traducido como “del agua al agua”. Expresa la exigencia palestina de la liberación de toda la Palestina histórica, que se extiende desde el río Jordán hasta el mar Mediterráneo. La OLP luchó por el derecho al retorno de los refugiados palestinos y por el fin del dominio colonial israelí sobre la totalidad de Palestina. El canto abogaba por la creación de un Estado único y democrático, construido no sobre la dominación étnica, religiosa o racial, sino sobre la igualdad de todos sus habitantes.

El lema perdió su centralidad en la política oficial palestina cuando la OLP aceptó la idea de crear un Estado palestino en Cisjordania y Gaza durante el proceso de Oslo verificado a principios de la década de 1990. Los movimientos políticos palestinos, que consideraron los Acuerdos de Oslo como lo que eran, esto es, una nueva etapa en la colonización de Palestina pivotada en la subcontratación de la ocupación a la Autoridad Palestina y en la facilitación de la normalización de la existencia de Israel en la región, siguieron exigiendo la liberación desde el río hasta el mar. Cuánta razón tenían. Treinta años después, no ha surgido ni está en proceso de surgir ningún Estado palestino en parte alguna de la Palestina histórica. La población de colonos en Cisjordania y Jerusalén ha superado los 600.000 habitantes. Israel sigue gobernando la totalidad de Palestina e imponiendo su dominio colonial mediante la fuerza brutal.

La idea de la independencia palestina, en cualquier parte de su territorio, es hoy más ilusoria que antes de los Acuerdos de Oslo. La paradoja es, por supuesto, que mientras nuestros gobiernos condenan la demanda popular de una Palestina libre desde el río hasta el mar, siguen armando, apoyando y comerciando con el Estado de Israel, que impone su dominio, desde el mar hasta el río. Hoy sólo hay una salida progresista: democratizar la totalidad del territorio, conceder a la totalidad de sus habitantes la igualdad de derechos políticos, sociales y económicos, permitir el regreso de los refugiados y tomar las decisiones sobre el futuro en función del principio básico de una persona, un voto.

Debería ser obvio para todos aquellos dispuestos a escuchar que es a este tipo de concepción de la liberación a la que se refiere el canto, dado que su segunda mitad del verso dice «Palestina será libre». Todo ello nos dice más sobre nuestros gobernantes y sus aliados sionistas que sobre el movimiento nacional palestino, ya que los primeros sólo pueden imaginar a un palestino libre si ha nacido del asesinato de en masa y de la expulsión. Se trata de un ejemplo extraordinario de proyección por parte de un movimiento político que siempre ha impuesto y sigue imponiendo su proyecto de construcción del Estado mediante el desplazamiento forzoso y la desposesión de la población palestina indígena. Nuestros gobiernos saben, por supuesto, que una Palestina democrática y descolonizada no cumpliría su voluntad en la región. La lógica del apoyo al sionismo es la misma que lleva a nuestros gobiernos a apoyar a la totalidad de los regímenes más represivos y autoritarios de la misma. Permitir que los pueblos de Oriente Próximo y del Norte de África determinen su futuro, es permitir el colapso de la hegemonía occidental sobre los flujos comerciales, monetarios y de recursos que transitan a través de este nudo crucial de la economía mundial.

De hecho, la iniciativa de solidaridad más importante que ha surgido en Palestina en la historia reciente deja clara la visión alternativa palestina. El movimiento BDS, lanzado por ciento setenta organizaciones de la sociedad civil palestina y que nuestros gobiernos se han afanado tanto por criminalizar, defiende el cumplimiento de tres sencillas exigencias, que constituyen las condiciones previas para un futuro democrático para todos los habitantes del país. El movimiento BDS exige que Israel:

[Ponga fin] a su ocupación y colonización de todas las tierras árabes y desmantele el Muro.

[Reconozca] los derechos fundamentales de los ciudadanos árabe-palestinos de Israel en condiciones de plena igualdad.

[Respete, proteja y promueva] los derechos de los refugiados palestinos a regresar a sus hogares y propiedades, tal y como estipula la Resolución 194 de la ONU.

Que estas demandas aterroricen a nuestros gobernantes nos dice todo lo que necesitamos saber. Una Palestina libre, desde el río hasta el mar –sin refugiados, sin ocupación militar, sin desigualdad racial­– significaría el fin de su dominio en la región. El mundo está recibiendo actualmente otra horrenda ilustración de cuál es el precio que los palestinos tienen que pagar por el mantenimiento del statu quo actual.

Es cierto, por supuesto, como Hil Aked nos recuerda en su excelente libro, que la ferocidad de la represión de la solidaridad con Palestina sólo es proporcional a la fuerza de los movimientos que aquella pretende reprimir. Nuestros gobernantes huyen despavoridos. Millones de personas están tomando las calles de todo el mundo para rechazar la complicidad de sus gobiernos con el asesinato y la opresión de los palestinos y para exigir el fin del sometimiento de Palestina. Saben que la única salida es la libertad. Para todos. Desde el río hasta el mar.

Artículo publicado originalmente en Verso Blog, «Palestine Will Be Free» y traducido con permiso explícito del editor. Véase Omar Barghouti, «Por qué creo que el movimiento BDS nunca ha sido más importante que ahora», El Salto.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/opinion/palestina-sera-libre

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Medio independiente de noticias relacionadas con la Cuarta Transformación de México.

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