Narco, bots y propaganda: la maquinaria de desinformación que explotó tras la muerte del líder del CJNG

Ciudad de México.— La caída de Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, no sólo detonó una violenta reacción del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) en carreteras y ciudades del país. También abrió un frente menos visible, pero igual de decisivo: una avalancha de desinformación diseñada para amplificar el miedo, confundir a la población y proyectar la idea de un Estado rebasado.
En las horas posteriores al operativo federal en Tapalpa, Jalisco, que terminó con la vida del capo más poderoso del narcotráfico contemporáneo, redes sociales, plataformas digitales y cadenas de mensajería se inundaron de imágenes alarmistas, versiones contradictorias y supuestos reportes de caos generalizado. Muchas de esas historias, con el paso de las horas, resultaron falsas o gravemente exageradas.
Un “domingo negro” también informativo
Los disturbios tras la muerte del líder del CJNG fueron reales: incendios de vehículos, bloqueos carreteros y ataques coordinados en varios estados del país formaron parte de la respuesta del cártel. Sin embargo, junto a esos hechos verificables circuló una narrativa mucho más amplia que hablaba de colapso nacional, toma de instalaciones estratégicas y violencia fuera de control.
Especialistas señalan que la desinformación se propagó con una velocidad inédita, alimentada por cuentas anónimas, actores políticos, comentaristas y usuarios que replicaron contenidos sin verificación. De acuerdo con análisis académicos, en las primeras 48 horas posteriores al operativo se registraron entre 200 y 500 publicaciones con información falsa o no confirmada, varias de ellas con niveles de viralidad extraordinarios.
La escala del fenómeno sugiere que no se trató únicamente de rumores espontáneos, sino de un ecosistema informativo saturado por mensajes alarmistas que amplificaron la percepción de caos.
El crimen organizado también pelea en redes
Informes de seguridad y análisis internacionales coinciden en que los cárteles han incorporado la propaganda digital como parte de su estrategia. Tras la muerte del capo, contenidos manipulados —incluidas imágenes antiguas o fuera de contexto— circularon para exagerar la magnitud de los disturbios y socavar la confianza en la capacidad del Estado para mantener el control.
Expertos advierten que estas campañas buscan proyectar poder incluso cuando las organizaciones sufren golpes significativos. En términos psicológicos, el objetivo es compensar la pérdida de liderazgo mediante la percepción de omnipresencia.
La utilización de redes sociales por parte de estructuras criminales no es nueva, pero la sofisticación actual —potenciada por herramientas digitales y la rapidez de difusión— ha transformado el impacto de estas narrativas.
La versión del caos total
Entre las historias más difundidas figuraron supuestas tomas de aeropuertos, ciudades incendiadas y enfrentamientos masivos en múltiples estados. Muchas de esas versiones no pudieron ser confirmadas por autoridades ni por reportes periodísticos directos.
Aun así, la repetición constante de estas narrativas generó una sensación de crisis nacional, con cancelaciones de actividades, pánico entre viajeros y saturación de líneas de emergencia. El daño, en términos de percepción pública, fue inmediato.
Medios internacionales destacaron que, aunque el operativo contra el capo representó un golpe estratégico al narcotráfico, la respuesta violenta del CJNG y la difusión de información alarmista crearon un ambiente de incertidumbre generalizada.

Reacciones políticas y mediáticas
En el terreno político, la circulación de versiones no verificadas se convirtió en un campo de confrontación. Mientras algunos actores denunciaron una campaña de desinformación destinada a debilitar la imagen del Gobierno federal, otros interpretaron los disturbios como prueba de una crisis de seguridad.
El episodio evidenció la fragilidad del debate público ante eventos de alto impacto. La velocidad de las redes superó la capacidad de verificación de los medios tradicionales y de las instituciones.
Un golpe real, una narrativa amplificada
La operación que culminó con la muerte de Oseguera Cervantes fue resultado de años de inteligencia y coordinación federal. El líder criminal, considerado uno de los narcotraficantes más buscados del mundo, murió tras un enfrentamiento con fuerzas mexicanas que provocó represalias violentas del CJNG en diversas regiones.
Ese golpe estratégico dejó a la organización sin su principal figura y abrió un periodo de incertidumbre interna. En ese contexto, la batalla por la narrativa pública adquirió una importancia crucial.
Para organizaciones criminales, proyectar fuerza puede ser tan relevante como ejercerla. La difusión de rumores de control territorial o de colapso institucional contribuye a mantener la percepción de poder, incluso cuando la estructura se encuentra debilitada.
El nuevo frente de la seguridad nacional
Lo ocurrido tras la caída de “El Mencho” confirma que los conflictos contemporáneos ya no se libran únicamente en el terreno físico. La información —o la manipulación de ésta— se ha convertido en un instrumento de influencia capaz de alterar comportamientos sociales, decisiones económicas y percepciones políticas.
En este sentido, la crisis informativa posterior al operativo revela una transformación profunda: la seguridad nacional incluye hoy la capacidad del Estado para contrarrestar narrativas falsas y garantizar información confiable a la ciudadanía.
La historia reciente muestra que una mentira viral puede viajar más rápido que cualquier comunicado oficial. Y cuando el miedo se instala en la opinión pública, los hechos verificables suelen llegar demasiado tarde para neutralizar su impacto.
La caída del líder del CJNG fue, sin duda, un acontecimiento histórico en la lucha contra el narcotráfico. Pero también expuso un fenómeno paralelo: la existencia de una guerra informativa donde actores criminales, políticos y mediáticos compiten por imponer su versión de la realidad.
En esa disputa, la estabilidad de un país puede depender tanto de lo que ocurre en las calles como de lo que se cree que está ocurriendo en las pantallas.
Con información de SinEmbargo








