La mentira del caos: así se fabricó la falsa “toma” del Aeropuerto de Guadalajara para sembrar pánico

Ciudad de México.— En medio de la conmoción nacional por la caída de Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, comenzó a circular una versión tan alarmante como falsa: que el Aeropuerto Internacional de Guadalajara había sido tomado por el crimen organizado. La historia, difundida con rapidez en redes sociales y replicada por comentaristas, medios y cuentas opositoras, construyó la imagen de un país fuera de control. Pero la realidad fue distinta.
La supuesta “toma” nunca ocurrió.
De acuerdo con reconstrucciones periodísticas, la narrativa se gestó en cuestión de minutos tras conocerse el abatimiento del líder del CJNG. Mientras las autoridades verificaban información y desplegaban operativos, una cadena de publicaciones en redes presentó como hecho consumado la presencia de sicarios dentro del aeropuerto, con balaceras y evacuaciones masivas.
El relato era poderoso porque apelaba al miedo: la idea de que una de las principales terminales aéreas del país estuviera bajo control criminal sugería un colapso total de la autoridad. Sin embargo, no existió confirmación oficial ni evidencia de que grupos armados hubieran ocupado las instalaciones.
Amplificación sin verificación
La difusión del rumor siguió un patrón típico de desinformación contemporánea. Influencers políticos, comentaristas, portales digitales e incluso algunos medios reprodujeron la versión sin corroborarla, multiplicando su alcance.
Entre quienes amplificaron la narrativa se mencionan figuras mediáticas, cuentas partidistas y plataformas informativas que hablaron de “terrorismo”, “narco-toma” o “caos total”, generando pánico entre usuarios y familiares de viajeros.
La velocidad superó a la verificación. Para cuando comenzaron a aparecer desmentidos, la idea ya se había instalado en la conversación pública.
Lo que realmente ocurrió
Según los reportes disponibles, sí se vivió un momento de confusión dentro del aeropuerto: personas corrieron y se resguardaron tras escuchar supuestos disparos o ante rumores de ataques. Pero no hubo ocupación armada ni control del recinto por parte del crimen organizado.
Las operaciones aéreas continuaron y ninguna autoridad federal o estatal confirmó un evento de la magnitud difundida en redes.
En otras palabras, el pánico fue real; la causa, no.
El costo de la desinformación
En un país con antecedentes de violencia, afirmar que un cártel tomó un aeropuerto internacional tiene implicaciones profundas. No sólo genera miedo inmediato entre la población, sino que afecta la percepción internacional, el turismo, la economía y la confianza en las instituciones.
Difundir escenarios de colapso institucional sin sustento equivale, en la práctica, a amplificar los efectos del terrorismo informativo: el daño se produce aunque el hecho nunca haya ocurrido.
Especialistas en comunicación política advierten que estas narrativas suelen aprovechar momentos de alta tensión —como operativos contra líderes criminales— para posicionar interpretaciones que debiliten la legitimidad del Estado o proyecten una imagen de ingobernabilidad.
Una guerra también en el terreno digital
El episodio evidencia que los conflictos contemporáneos no se libran únicamente con armas, sino también con información. La disputa por el control del relato público se ha vuelto central, especialmente en contextos de polarización política.
En este caso, la caída de un líder criminal de alto perfil abrió un vacío informativo que fue rápidamente ocupado por versiones no verificadas. El resultado fue una crisis de percepción más que de seguridad.
Como señalan análisis del fenómeno, lo que realmente fue “tomado” no fue el aeropuerto, sino el espacio digital, inundado por mensajes alarmistas repetidos hasta adquirir apariencia de verdad.
Más allá del episodio
La falsa “toma” del aeropuerto de Guadalajara ilustra un problema estructural: la fragilidad del ecosistema informativo frente a campañas coordinadas o rumores virales. También pone en evidencia la responsabilidad de actores políticos y mediáticos en la construcción —o distorsión— de la realidad pública.
En contextos de crisis, la prudencia informativa no es sólo una obligación ética del periodismo, sino una condición para preservar la estabilidad social.
Lo ocurrido demuestra que, en la era de las redes sociales, una mentira bien sincronizada puede recorrer el país antes de que los hechos tengan oportunidad de alcanzarla. Y cuando el miedo se convierte en noticia, la verdad suele llegar demasiado tarde para evitar sus efectos.








