PVEM y PT contra la reforma electoral de Sheinbaum: el chantaje de los partidos-empresa que no quieren perder sus privilegios millonarios

Todo México lo sabe: el Partido Verde Ecologista de México y el Partido del Trabajo se han plantado frente a la reforma electoral de la presidenta Claudia Sheinbaum no por principios ideológicos, sino por miedo a perder el dinero y los escaños que les garantiza el sistema que tanto se ha criticado. Un politólogo de la UNAM lo analiza sin filtros.
El chantaje al descubierto
El Partido Verde Ecologista de México y el Partido del Trabajo intentan presionar a la presidenta Claudia Sheinbaum para que frene o modifique su propuesta de reforma electoral. La razón es clara: tienen pavor de que se les reduzca el financiamiento público y desaparezcan los plurinominales en el Senado. La respuesta de la mandataria fue contundente: se negó a ceder y les devolvió la responsabilidad política, dejándolos solos frente a la ciudadanía para que expliquen por qué defienden sus privilegios por encima de la transformación del país.
Cómo la democracia se convirtió en negocio
Para entender el berrinche del PVEM y el PT hay que comprender lo que ocurrió en México entre 1996 y 2000: lo que se llamó «transición a la democracia» fue, en realidad, una transición hacia la democracia neoliberal. Ese proceso implicó una mercantilización radical de la política: los partidos se convirtieron en empresas, los candidatos en mercancías, las campañas en estrategias de marketing y los ciudadanos en consumidores. El voto dejó de ser un acto cívico y se convirtió en moneda de compra.
Bajo esa lógica, los partidos dejaron de representar sectores concretos de la sociedad y se volvieron organismos extremadamente pragmáticos, dispuestos a capturar cualquier voto sin importar compromisos previos. El dinero se volvió su razón de ser, y la eficiencia electoral su único objetivo.
Menos democracia interna, más poder para unos pocos
La neoliberalización de los partidos los hizo más oligárquicos. Las decisiones dejaron de tomarse en congresos abiertos con militantes y pasaron a concentrarse en pequeños grupos de tecnócratas, encuestadores y managers de redes sociales. Entre menos democracia interna, más fácil competir en el mercado electoral. Lo importante ya no es representar a nadie, sino ganar candidaturas para mantener el flujo de dinero y poder que otorgan los cargos públicos.
Cuando la ciudadanía dice que «todos los partidos son iguales», no se equivoca del todo: la neoliberalización alcanzó a todos. Ninguno se salvó de la mercantilización ni de la oligarquización, porque quienes no asumieron las reglas del juego simplemente desaparecieron del mapa.
El PVEM: el partido más oportunista del sistema
El Partido Verde es quizás el caso más emblemático de este fenómeno. Aprendió a lucrar con la bandera ecológica para extraer dividendos políticos sin comprometerse nunca con las causas ambientales reales, que exigirían señalar a los grandes capitalistas como responsables de la catástrofe climática. En cambio, prefirió pactar con ellos, lavarles la cara y cobrar el favor. Su estrategia ha sido siempre la misma: aliarse con el partido en el poder, sea quien sea, a cambio de posiciones, presupuesto y escaños.
Morena y la Cuarta Transformación sabían desde el principio con quién se aliaban. Y pese a ello, aceptaron al PVEM por sus votos, otorgándole a cambio decenas de diputaciones, municipios y hasta la gubernatura de San Luis Potosí. Ahora ese mismo partido usa su posición de ventaja para chantajear a la presidenta. El oportunismo estaba en su ADN desde siempre.
El PT: leal a AMLO, no a la transformación
El Partido del Trabajo se construyó políticamente sobre el liderazgo de Andrés Manuel López Obrador. Supo leer el alcance de ese movimiento y se ancló a él para recibir los beneficios que llovían bajo su legitimidad electoral. Mantuvo su apariencia de izquierda para capitalizar políticamente el proyecto transformador, pero en el momento en que su subsistencia económica se pone en riesgo, da el salto y muestra sus verdaderas prioridades. No es traición ideológica porque nunca hubo una ideología sólida más allá del pragmatismo: es simplemente el sistema funcionando como fue diseñado.
La reforma electoral de Sheinbaum: modesta pero necesaria
Lo que plantea la presidenta no es una revolución que desmantele por completo la democracia neoliberal. Es una propuesta razonable y alcanzable: reducir el 25% del financiamiento público a los partidos, eliminar los plurinominales en el Senado y aumentar la fiscalización sobre el dinero electoral. Medidas que, en cualquier democracia madura, serían consideradas de sentido común. Pero en el México neoliberal, donde los partidos-empresa viven de esos recursos como si fueran derechos adquiridos, tocarlos equivale a una declaración de guerra.
La austeridad republicana no desmonta el sistema, pero sí descoloca privilegios. Reducir el presupuesto y aumentar la transparencia obliga a las oligarquías partidistas a vincularse de verdad con sus representados, o a quedar desnudas ante la ciudadanía.
La lección que la 4T no puede ignorar
Los escándalos recientes que involucran a figuras cercanas al movimiento —como las actuaciones cuestionables de Mario Delgado, Adán Augusto López, Ricardo Monreal o Julio Scherer— demuestran que incorporar agentes de la derecha no los transforma. La derecha se formó con una cultura política propia: traiciones, ventajismos, clientelismos y lealtad al gran capital. Traerlos no solo es sumar personas, es heredar sus métodos y sus vicios.
La sociedad mexicana está observando. El PVEM y el PT tienen ante sí una decisión histórica: demostrar que son aliados reales de la transformación o confirmar que solo estuvieron mientras hubo ganancias. Continuar con la reforma electoral, pese al chantaje, es la señal más clara de que en la Cuarta Transformación los principios valen más que el pragmatismo mercantilista. Y eso, en el México de hoy, es en sí mismo un acto de resistencia democrática.








