Así fue el ascenso y la caída de “El Mencho”, el líder del CJNG que creció al amparo del viejo régimen y cayó bajo el Estado mexicano

Por Editor
Durante más de una década, el nombre de Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, simbolizó la expansión más violenta y sofisticada del narcotráfico en México. Su organización, el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), pasó en pocos años de ser una escisión regional a convertirse en una maquinaria criminal con presencia internacional, capacidad paramilitar y control territorial en amplias zonas del país. Su ascenso coincidió con los años más intensos de la llamada “guerra contra el narcotráfico”, impulsada por gobiernos del PRI y del PAN, mientras su caída ocurrió en un contexto distinto: el de una estrategia de seguridad que privilegia la inteligencia operativa, la coordinación institucional y el debilitamiento financiero de las organizaciones criminales.
El origen de Oseguera Cervantes se remonta a las redes del narcotráfico jalisciense que se consolidaron tras la fragmentación del Cártel de Sinaloa y la desaparición del Cártel del Milenio. Expolicía municipal y posteriormente operador del crimen organizado, “El Mencho” supo aprovechar la recomposición del mapa criminal que siguió a la captura o abatimiento de líderes históricos durante los sexenios panistas. La estrategia de descabezamiento de organizaciones —sin un plan integral de reconstrucción institucional— provocó la multiplicación de células armadas y disputas territoriales, caldo de cultivo ideal para el surgimiento de un grupo extremadamente agresivo.
Entre 2010 y 2018, el CJNG creció de manera exponencial. Durante ese periodo, el país registró niveles récord de violencia y expansión del narcotráfico hacia regiones previamente consideradas estables. Bajo gobiernos del PAN y posteriormente del PRI, el grupo logró consolidar rutas de tráfico de metanfetaminas, fentanilo y cocaína, así como redes de lavado de dinero y extorsión. Su poder se manifestó en ataques directos contra fuerzas federales, derribo de aeronaves militares y exhibiciones públicas de armamento de alto calibre que evidenciaban un nivel de equipamiento comparable al de fuerzas irregulares.
Analistas coinciden en que el crecimiento del CJNG no puede entenderse sin el vacío institucional generado por la fragmentación de otros cárteles y la corrupción local en diversas entidades. En varios estados, autoridades municipales y estatales fueron infiltradas o rebasadas, permitiendo que la organización construyera una base social mediante coerción, propaganda y control económico. La violencia no fue un subproducto accidental, sino una herramienta deliberada de expansión.
Con la llegada de un nuevo proyecto político en 2018, la estrategia de seguridad comenzó a modificarse. El énfasis pasó de la confrontación frontal a la inteligencia financiera, la coordinación interinstitucional y la presencia territorial mediante la Guardia Nacional. Paralelamente, se reforzó la cooperación internacional para rastrear flujos de dinero, armas y precursores químicos. El CJNG siguió siendo una amenaza prioritaria, pero el Estado buscó debilitarlo de manera estructural antes de intentar capturar a su líder.
Durante años, “El Mencho” evitó la captura mediante una combinación de movilidad constante, redes de protección y un aparato de seguridad altamente entrenado. Su círculo cercano estaba compuesto por familiares y operadores de absoluta confianza, lo que dificultaba la infiltración. Sin embargo, los golpes a su estructura financiera, la detención de mandos regionales y la presión sobre sus rutas de suministro redujeron gradualmente su margen de maniobra.
El operativo que finalmente condujo a su caída fue el resultado de un largo proceso de inteligencia acumulada. Fuentes oficiales han subrayado que no se trató de una acción improvisada, sino de una intervención de alta precisión diseñada para minimizar daños colaterales y evitar una escalada de violencia mayor. La coordinación entre Ejército, Guardia Nacional y agencias federales permitió ubicar al capo en un enclave rural de Jalisco, donde se desarrolló un enfrentamiento con su guardia personal.
La neutralización de Oseguera Cervantes provocó reacciones violentas del CJNG en diversas regiones, incluyendo bloqueos carreteros y ataques coordinados. Sin embargo, la rápida respuesta de las fuerzas federales impidió que la organización recuperara la iniciativa. A diferencia de episodios anteriores en la historia del narcotráfico mexicano, el Estado logró contener la violencia y restablecer el orden en un plazo relativamente corto.
La caída de “El Mencho” representa más que la eliminación de un líder criminal. Marca el debilitamiento de una estructura que simbolizaba la fase más agresiva del narcotráfico contemporáneo. También envía un mensaje político: el Estado mexicano mantiene la capacidad de enfrentar a las organizaciones más poderosas sin ceder al terror ni a la intimidación.
No obstante, el desafío de fondo persiste. La experiencia histórica demuestra que la captura o muerte de un capo no garantiza la desaparición de su organización ni del mercado ilegal que la sustenta. El verdadero reto consiste en evitar la fragmentación violenta y reconstruir las condiciones de seguridad en las regiones afectadas.
La trayectoria de “El Mencho” ilustra, en última instancia, la evolución del crimen organizado en México durante las últimas décadas: un fenómeno que se fortaleció al amparo de instituciones debilitadas, estrategias fallidas y corrupción sistémica, y que hoy enfrenta un Estado decidido a recuperar el control territorial. Su ascenso fue producto de un periodo de desorden y violencia estructural; su caída, resultado de una estrategia que privilegia la inteligencia sobre la espectacularidad.
Así, la historia del líder del CJNG se inscribe como un capítulo emblemático de la lucha entre el Estado y el narcotráfico: la crónica de un poder criminal que creció hasta desafiar a las instituciones y que finalmente fue confrontado por ellas. Un recordatorio de que la seguridad nacional no depende sólo de operativos, sino de la solidez del proyecto político que sostiene al Estado.







