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Felipe Calderón y López Dóriga inventan noticias falsas sobre AMLO y el AIFA, quedan ridiculizados en redes

Usuario en redes se burlan de Joaquín López Dóriga y Felipe Calderón, en donde ambos aseveran el tren es falso y se trata de una simulación con videos pre-grabados. Felipe Calderón difundió una noticia falsa sobre que el Presidente Andrés Manuel López Obrador había montado una farsa tras subirse al nuevo tren del Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles.
Según la información difundida por Calderón, el tren en el que iba AMLO junto con miembros de su gabinete y funcionarios de gobierno tenía pantallas que simulaban el movimiento del tren y proyectaban videos pregrabados. De acuerdo con Calderón todo era un montaje y el tren no existe.
En el video se puede apreciar a AMLO junto con su esposa, además de Claudia Sheinbaum, Jefa de Gobierno de la CDMX, Alfredo del Mazo, Gobernador del Estado de México y Luis Cresencio Sandoval. Los funcionarios viajaron en uno de los trenes que llegará al AIFA para comprobar avances.
Pero casi al final del video se aprecia que por el efecto de contraluz, las ventanas de vagón se vuelven blancas, lo que dio pie a que se comenzara a difamar la obra y decir que todo era una simulación.
Felipe Calderón eliminó su tuit en el que aseguraba que el video era una simulación.
Sin embargo, el panista no fue el único que difundió la información falsa, también Joaquín López-Dóriga ha estado compartiendo una multitud de tuits al respecto. Todo esto sin confirmar que en efecto haya sido una simulación.
Usuarios de las redes sociales se han encargado de desmentir la información difundida por los opositores.
Además han aprovechado para hacer mofa de que muy fácilmente se puede engañar a los comunicadores contrarios a López Obrador.
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¿Vestigios de Goebbels en la infodemia?

Foto: Internet. “La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentadas una y otra vez desde diferentes perspectivas, pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas”. De aquí viene también la famosa frase: “Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad” (Principio de orquestación, J. Goebbels)
Quien me ha puesto sobre la pista de lo que aquí se aborda es Paloma Sánchez-Garnica con su novela Últimos días en Berlín. En un momentos dado su autora desgrana como lemas narrativos los Principios de propaganda del Dr. Joseph Goebbels, el todopoderoso comunicólogo de Hitler, cuyo fanatismo le hizo asesinar a su prole y suicidarse luego con su mujer en el bunker de la Cancillería, tras haber sustituido a Hitler durante una semana, tal como cuenta la película El hundimiento.
Me pregunto si no resulta inevitable leer estos principios con inquietud, al comprobar que se podrían estar adoptando por algunos comunicólogos actuales y podrían darlos por buenos ciertas tendencias políticas que no saben resistirse a la tentación de rentabilizar su comprobada eficacia. Obviamente Goebbels utilizó en su momento todos los medios de comunicación a su alcance. No sólo controlaba los periódicos y la floreciente industria cinematográfica germana -pensemos en El triunfo de la voluntad y Olimpia de Leni Riefenstahl-, sino también ese nuevo invento, la radio, que se colaba en los hogares alemanes a cualquier hora.
Si hubiera podido servirse de la televisión y las aplicaciones que todos utilizamos hoy en día, la eficacia de su propaganda podría haber sido aún mayor. El Ministro para la Ilustración pública y Propaganda del Tercer Reich acuñó con inusitada fortuna el concepto de guerra total, que tan funestas consecuencias acarreó. Su hondo antisemitismo, vehiculado por su potente capacidad oratoria, fue un factor decisivo para decantarse por la solución final, tras comprobar que no se podía extraditar a ninguna parte al pueblo judío en su conjunto.

Foto: Kaspersky Latinoamérica. Todo esto es bien conocido. Pero resulta escalofriante leer sus once principios en el polarizado contexto socio-político actual, sobre todo tras padecer la traumática experiencia del trumpismo y las resonancias que ha tenido en muchos otros lugares esa manera de usurpar la política. Huelga dar ejemplos, aunque Bolsonaro se nos venga rápidamente a las mientes y cada cual pueda confeccionar su propia lista con suma facilidad. Trump llegó a inspirar el asalto al Capitolio y su influencia se aminoró como por ensalmo en cuanto cerraron su cuenta de Twitter. Sin ese poderoso altavoz, sus consignas dejaron de llegar a tanta gente. Todo un signo de los tiempos que vivimos.
Es una cuestión de profilaxis para preservar una sana deliberación que no se vea contaminada por el virus del fanatismo negacionista.
Los principios goebelianos prescriben simplificar, adoptando una única idea y un solo símbolo para hacer del adversario el enemigo a batir. Al margen de sus diferencias, los adversarios deben quedar categorizados en una suma individualizada. Hay que proyectar en el adversario los propios errores o defectos y no reconocer nunca estos, limitándose a contraatacar: “Si no cabe negar las malas noticias, deben inventarse otras que distraigan”. Cualquier anécdota, por trivial que sea, debe ser exagerada y convertida en una grave amenaza. Como las masas tienen flaca memoria, da igual contradecirse, siendo prioritario trivializar el mensaje, adaptándose al nivel menos inteligente de los destinatarios y simplificando cuanto se pueda el esfuerzo mental a realizar.
También aconseja renovar constantemente las informaciones para que, cuando el adversario responsa, el público ya esté interesado en otra cosa y las respuestas del adversario no puedan contrarrestar el creciente nivel de acusaciones. Los argumentos deben construirse ensartando informaciones fragmentarias y lo que se denomina globo sonda. Hay que guardar silencio cuando no se tengan argumentos y disimular las noticias que favorezcan al adversario, contraprogramando con los medios de información afines. La mitología nacional y los complejos que suscitan odio ayudan a enraizar la propaganda en un sustrato bien abonado por prejuicios tradicionales. Resulta elemental convencer a mucha gente de que piensa “como todo el mundo”, para crear la impresión de una falsa unanimidad.
Me he limitado a parafrasear los diez principios que complementan el citado al comienzo del artículo, aquel que viene a resumir la sustancia del conjunto: repetir incansablemente muy pocas ideas hasta hacer pasar la mentira por verdad. Los preceptos de Goebbels apuntalaron el acceso al poder del partido nacionalsocialista y sirvieron para trasmitir los mandamientos del indiscutible líder cuya palabra era ley. Pero lo malo es que su legado parece tener herederos intelectuales bien dispuestos a poner en práctica sus eficaces recomendaciones.
Nos hemos acostumbrado a hablar de Fake News para designar los bulos y trolas que corren por las redes o a designar como “hechos alternativos” patrañas que pretenden escamotear datos objetivos. En el Siglo de la Ilustración se creía que bastaba con acceder al conocimiento para erradicar los estragos del fanatismo. Sin embargo, ahora tenemos un exceso de información y lo que falta es el saber cribarla para no verse programado por las consignas o eslóganes que se repiten hasta la saciedad, calando en un imaginario colectivo que formatean estos mensajes extraordinariamente simples e incluso contradictorios.
Asistimos a una contienda muy desigual, porque la información debidamente contrastada requiere un mayor esfuerzo que cuanto pueda desmentirla con simples anécdotas mucho más atractivas y fascinantes. No todo debería valer por igual y es hora de velar por no consentir que las informaciones altamente nocivas puedan circular impunemente, a pesar de que resulten altamente tóxicas y contagiosas. Igual que hay reglas para la circulación rodada y no cabe conducir en sentido contrario ni hacer maniobras que puedan dañar a terceros, internet está demandando sus propios códigos deontológicos. Es una cuestión de profilaxis para preservar una sana deliberación que no se vea contaminada por el virus del fanatismo negacionista.
Roberto R. Aramayo. Profesor de Investigación en el Instituto de Filosofía del CSIC e historiador de las ideas morales y políticas.
Fuente Rebelión
